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Leo & Pipo, fantasmas de época

Caminando por París no se tarda en encontrar en cualquier esquina un graffiti de MissTic, un Space Invader (el Banksy francés) o, desde hace algunos años, personajes de principios de siglo a escala 1:1 que observan el mundo contemporáneo desde sus ojos de papel pixelado.

Leo & Pipo son un joven dúo de artistas franceses que buscan ofrecer una mirada diferente por las calles de París. Sus obras se diferencian de las de tantos otros artistas callejeros por la ausencia de firma (salvo en las pequeñas pegatinas con mostacho) y la carencia de reivindicaciones. Su deseo es simplemente crear una emoción estética, un enfrentamiento, una nostalgia hacia la ciudad que se ha convertido en un ente sin vida, con una aceleración y un ritmo que la vuelven aséptica.

Todo comenzó sin mayores ambiciones, un martes tonto hacia 2008, y se convirtió en una adicción que les ha permitido recientemente exponer en galerías de arte en Europa y EEUU. La elección del tema surgió de forma natural, ya que la pareja era en origen un dúo musical, que realizaba samplers con música de principios de siglo. Para pasar de buscar extractos de piezas musicales y rarezas a pegar figuras por los muros, solo hizo falta la necesidad de llegar al público de forma más directa y, ante todo, más variada.

Recientemente, en el XXe, una mujer de unos cincuenta años, alguien con quien nunca habríamos tenido ningún motivo por el que tener contacto, comprendió que éramos nosotros los autores del collage. Nos hizo una auténtica declaración de amor, es el tipo de testimonio que nos gusta. Digamos que cuanto más nos alejamos de un público que se nos parece, más satisfechos estamos.’

Su técnica, cola industrial y papel. Así de sencillo, así de artesanal, así de efectivo. No necesitan nada más. No buscan vandalizar, sino todo lo contrario, confían en alegrarle el día al pasante aburrido que se sorprende al toparse cara a cara con elegantes damas en blanco y negro o al tropezarse con escolares de hace 100 años.

Últimamente buscan realizar composiciones más complejas, obras de mayor escala con grupos o formaciones geométricas mediante repeticiones. Habrá que estar al tanto para ver qué nos encontramos en el futuro de estos fantasmas del pasado.

Flickr de Leo & Pipo

 

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Doisneau, el coleccionista de instantes

Hace 100 años (y unos días…) nacía en Gentilly Robert Doisneau, el que más tarde se convertiría en el más célebre retratista de la vida cotidiana de la ciudad de París.

Proveniente de una familia burguesa, pasó varios años trabajando como fotógrafo industrial y publicitario para diversas empresas antes de establecerse por su cuenta (sobre todo tras ser despedido varias veces a causa de sus constantes retrasos a la hora de entregar sus encargos), lo que le permitió pasearse por las calles de la capital para inmortalizar los momentos vividos en ellas durante más de medio siglo.

Y digo bien, vividos, porque las fotos de Doisneau muestran una ciudad como contenedor de sus usuarios, quienes caminan por sus aceras y compran el pan, quienes toman el café y van a trabajar. En sus imágenes no vemos sino la vida diaria, congelada de forma espontánea (o posada…), recordándonos lo extraordinario de lo ordinario.

A partir de los años 50 se estableció en el área de Les Halles, lo que le permitió vivir y contar la profunda transformación del lugar, que en un par de décadas pasó de mercado rebosante de vida a enorme agujero para albergar la que hoy en día es la estación más grande y caótica de metro y cercanías de la capital francesa. Desde el momento en el que fue consciente de la pena de muerte de las naves, dedicó todos sus esfuerzos a guardar para el recuerdo todo aquello que iba a perderse: desde la descarga de mercancías en la madrugada hasta los almacenes donde despedazaban la carne, deteniéndose en cada uno de los personajes que habitaban o frecuentaban esos mostradores, pero también en detalles fugaces, como un charco que todos deben saltar para llegar a la acera en un día de lluvia, o el traslado de los negocios antes de la demolición del gran edificio.

Hoy, un nuevo proyecto cambia una vez más el perfil y el uso de la zona aún llamada les Halles, pero se limita a transformar el centro comercial construido en los años 70 en un parque coronado por un engendro de vidrio. Ningún esfuerzo por recuperar la vitalidad, el alma del que no hace mucho fuera el mayor lugar de intercambio de París.

Nos quedaremos con el recuerdo de lo que fue.

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Sempé, el octogenario naïf

Mi infancia no fue espectacularmente alegre. Más bien era lúgubre, e incluso un poco trágica

Resumiendo con semejante tranquilidad la crudeza de su niñez, no es de extrañar que Sempé se convirtiera, años después, en el dibujante capaz de expresar más con menos. La aparente simplicidad de sus dibujos y lo corto de los diálogos, escondían una gran complejidad y una visión cínica pero desenfadada del mundo que le rodeaba, así como una obsesión con la niñez que nunca tuvo, y con la alegría y el bullicio de las grandes ciudades, que lo alejaban de los recuerdos de su vida anterior.

Jean-Jacques Sempé nació en Burdeos en 1932, y sus inicios no fueron fáciles. Viniendo de una familia pobre y desestructurada con frecuentes discusiones públicas, su pasión por el dibujo y por la literatura le llevaron a estudiar por su cuenta, tener trabajos absurdos como vendedor de dentífrico en polvo, o falsificar su edad para alistarse en el ejército. Pero si queréis saberos su vida para eso tenéis Wikipedia. Lo que a mí me interesa es su obra.

Muchos (¿todos?) le conocemos por ‘El pequeño Nicolás’, esas fantásticas viñetas creadas junto a Goscinny (Astérix, Lucky Luke…) que nos entretuvieron en clase de francés en el colegio, donde un chaval (frecuentemente con gafas y bufanda a lo Potter) tenía unas reflexiones demasiado maduras para su edad, para desgracia de sus compañeros y de su sufrido padre.

Pero aparte de Nicolas y el resto de sus personajes (Monsieur Lambert, Catherine Certitude, Monsieur Sommer…), Sempé lleva casi 70 años desnudando sus obsesiones en su obra. No hay que quedarse con lo más evidente, los chistes fáciles, las críticas sociales agudas o las situaciones cómicas, su pasión por las posibilidades del mundo que le rodea siguen llevándole más allá del ciudadano corriente, sin salir del mismo escenario.

El bullicio de la gente (la foule de la Piaf), los autobuses urbanos, la intrincada arquitectura de los tejados de París, y más tarde la verticalidad de Nueva York, la televisión lavacerebros frente a lo absurdo del teatro, la ironía de un reparador de bicicletas que no sabe montar en ellas o de una niña resabida fanática del ballet. Estos son los temas que ha paseado desde los años 50 por las páginas del Télérama y las portadas del New Yorker, viendo publicado a su Nicolas en lenguas improbables y demostrando que ese arte tan francés de la caricatura no acabó en tiempos de Victor Hugo.

El Hôtel de Ville ha organizado una exposición que a base de llenarse todos los días ha sido prolongada ya en varias ocasiones, para mostrar el último recopilatorio de su obra, ‘Un peu de Paris et d’ailleurs’ (‘Un poco de Paris y de fuera’) y para pedirle que, mientras pueda coger un lápiz, siga haciéndonos reír.

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La Cantante Calva sigue peinándose de la misma forma

Obra clave del teatro del absurdo, descubre los sinsetidos de ‘La Cantante Calva’

contARTE

Interior burgués inglés, con sillones ingleses. Velada inglesa. El Señor SMITH, inglés, en su sillón inglés y con sus zapatillas inglesas, fuma su pipa inglesa y lee un diario inglés junto a una chimenea inglesa. Tiene anteojos ingleses y un bigotito gris inglés. A su lado, en otro sillón inglés, la Señora SMITH, inglesa, remienda unos calcetines ingleses. Un largo momento de silencio inglés. El reloj de chimenea inglés hace oír diecisiete campanadas inglesas.

Así comienza la obra más conocida del teatro del absurdo. Con una acotación lo suficientemente absurda en sí misma como para necesitar ser leída en voz alta, se nos presenta La cantante calva, de Eugène Ionesco.

Ionesco, naturalizado francés de origen rumano, despreciaba la visión de la realidad de “la mayoría”, desde que una experiencia extática en su juventud le llevó…

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METROPOLIS 2011

Espectacular.

La nueva versión de Metropolis (1927, Fritz Lang), de más de 150 minutos de duración y con escenas que se creían desaparecidas, es una joya que uno no puede perderse. No importa el hecho de haber visto otras versiones de la película antes o no, ni el ser más o menos friki del cine mudo. Esta cinta representa, ahora mejor que nunca, un hito en la Historia del Cine, de la Fotografía, de la Arquitectura… del siglo XX en general.

Muchas escenas nuevas tienen una calidad de imagen que roza la perfección, gracias a recientes decubrimientos de película en diferentes rincones del mundo y la restauración digital, y otras partes, aunque de peor calidad, introducen tramas y personajes nuevos a la historia, añadiéndole profundidad y dándole un mayor sentido al conjunto.

Merece mención aparte la banda sonora, de Gottfried Huppertz, regrabada en Berlín para esta última edición.

Para todo el que quiera disfrutar de esta maravilla como se merece, podéis acercaros a la Filmoteca de París, y disfrutar más tarde de la exposición de objetos, bocetos e imágenes de la película de la Cinemateca de París.

Mittler zwischen Hirn und Hand muss das Herz sein

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